Se acercó un ráfaga falsa de viento,
frío, denso, pero sobre todo frío;
golpeaba mi espalda de una forma brusca
y mis sentidos sólo extrañaban tu manos,
cálidas y tiernas, pero sobre todo cálidas,
que supieron erizar a cada roce mi piel.
El frío era inmenso y no se propagaba,
se incrustaba en cada poro,
cual espada en la piedra esperando por la persona indicada para ser retirado.
Sin dudar te esperaba, pues, sabía que no faltarías,
nunca habías faltado, pues, te conocía,
eras bueno y honesto, pero sobre todo bueno,
y sabía que te asomarías en cualquier momento,
con tu figura irresistible y que incitaba a pecar.
Cada instante que pasaba me cundía la emoción,
ya sabía que faltaba menos para tenerte,
o tú tenerme.
y pensaba en como te miraría al llegar
y en eso llegó a mi mente tu mirada, tu ojos,
profundos y ciertos, pero sobre todo profundos,
que miraban cada espacio convexo y cada cóncavo de mí,
y me volvían metal frente al calor;
calor que seguía necesitando; la ráfaga era larga.
Pero yo tenía la certeza que escucharía tus pasos,
fuertes y arrastrados, pero sobre todo fuertes,
que me habían acostumbrado a saberte cerca al oír su sonido,
sonido que se fundía en la mezcla mas armónica con tu voz,
clara y varonil, pero sobre todo clara,
que tantas veces llamó mi atención al pronunciar mi nombre,
al pronunciar temas;
temas que no quise volver a compartir,
después que entendí que mi corazón fue creando razones
mientras mi alma le daba esperanza
y mi cerebro les hacía entender que me quedaría con el viento frío,
pues, ni tus manos cálidas,
ni tu ser lleno de bondad con figura irresistible,
ni tus ojos profundos, dónde me terminé ahogando,
ni tus pasos fuertes,
ni el producto de tus cuerdas vocales
estarían presentes en mí, hoy.
El viento sopló y aún sigue soplando y con él, el alma dándole razones al corazón de esperanza,
y seguirá...
Emma Eunice
No hay comentarios:
Publicar un comentario